La boda II

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Este es el segundo fragmento de una historia que ya publiqué. Para leer la primera parte sigue este enlace.

Por cierto, odio poner títulos. Se me da fatal. ¿Alguna idea de cómo podríamos llamar a esta obra? Se aceptan gustosamente sugerencias.

Comencemos.


No soy el único que la está escuchando. Una de esas criaturas, pesanta o lo que quiera que sea, está descendiendo por la pared hacia su voz. Está a menos de cinco metros de mí, así que puedo verlo con más claridad. Parece un perro de extremidades fuertes y alargadas, casi antropomorfas, pero su mirada y movimientos son felinos. No puedo apartar mis ojos de él, esperando a que desaparezca para poder convencerme de nuevo de que no es real. No puede serlo. Los perros no trepan por las paredes de piedra como si fueran arañas o lagartijas. Sofía sigue gritando a su madre, pero ya no la estoy escuchando. Camino lentamente hacia atrás, tanteando con la mano hasta encontrar el mango de la puerta. Contengo la respiración cuando el ser llega a la altura de la terraza en la que me encuentro. No soy capaz de mover un solo músculo. Parece que no me ha visto. Pasa de largo y sigue bajando. Solo me permito soltar todo el aire que había contenido en mis pulmones por miedo a que lo escuchara cuando ya no se ve ni un solo centímetro de la criatura.

Me doy la vuelta y abro la puerta con decisión. Mi teléfono vuelve a sonar congelándome en el sitio. Cuelgo rápidamente la llamada de mi padre y el teléfono cae por tercera vez al suelo. Sofía se calla de repente. Hasta el viento parece guardar silencio. O es que el latido estridente de la sangre en mis sienes no me permite escuchar nada más. Miro por encima de mi hombro, esperando ver aparecer los ojos luminosos de ese ser de pesadilla. Veo el jardín, con todas sus flores y lazos, y, muy al fondo, en el aparcamiento, el BMW de mi padre. De alguna manera se me hace extraño que algo tan familiar aparezca en mi campo de visión, como si fuera eso y no lo demás, lo que está fuera de lugar. Solo vuelvo a reaccionar, cuando de un salto aparece la criatura sobre la barandilla del balcón, mirándome, con sus pupilas alargadas dilatándose.

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Corro. Me olvido de mi padre, del teléfono, de Sofía y de todo lo que no sea mi propia vida. Entro en mi habitación y abro la puerta que da al pasillo. Noto un empujón en mi espalda que me hace caer y golpearme la cabeza con el suelo. Siento un peso enorme sobre mí y podría jurar que se van a romper mis costillas. No puedo respirar. Quiero gritar, pero no tengo aire para hacerlo. Mi visión se vuelve borrosa y mi cabeza empieza a palpitar, anulando cualquier pensamiento. Lo último que percibo es el tacto de las hebras de la moqueta en las yemas de mis dedos.

Vuelvo a escuchar el sonido de mi teléfono. Empiezo a odiar esa melodía irritante. Estoy en la habitación anudándome la corbata. Los fotógrafos siguen en el jardín y no hay rastro de monstruos por ningún lado. Sacudo mi cabeza sin saber muy bien de dónde ha venido la pesadilla del perro de ojos brillantes y cojo la llamada sin molestarme en mirar quien es.

–¿Hola? –pregunto distraído abriendo la ventana. Me duele la cabeza y me preocupa que haya algún gas en la habitación que me esté provocando alucinaciones.

–Hijo, acabo de aparcar –responde la voz de mi padre. Puedo escuchar como apaga el motor y abre la puerta del coche. Me asomo por la ventana y le veo salir del coche en el aparcamiento, al otro lado del jardín. Me invade una sensación enorme de alivio.

–Menos mal, papá. Pensé que no llegarías a tiempo. Gracias, de verdad. Muchas gracias.

–Todos hacemos tonterías el día de nuestra boda. Asegúrate de que Sofía no lo descubra nunca o te meterás en un lío.

–Tranquilo, guardaré el secreto.

–Por tu bien. ¿Dónde estás?

–En una habitación del segundo piso. Te estoy viendo desde aquí. Ve hacia el edificio grande, voy a buscarte a recepción.

Me despido de mi padre y cuelgo. Me miro una vez más en el espejo. Estoy pálido y tengo la frente perlada de sudor. Me lo seco con la mano y me froto la cara intentando despejarme. ¿Qué me está pasando? Tendré que hablar con recepción para revisen posibles fugas de gas. Dudo mucho que me haya quedado dormido de pie. Con lo viejo que es este edificio, no es raro que pueda pasar algo así.

Salgo de mi habitación hasta la recepción. Mi padre no ha llegado todavía. Un hombre habla con la recepcionista en este momento, así que espero. Tiene un perro atado a una correa. Uno de esos de los anuncios de papel higiénico pero en negro. Parece aún muy joven y se mueve de forma juguetona. Siempre me han gustado los perros, así que me cuesta resistirme cuando se pone a dos patas y se apoya en mi pierna.

–¡Ey, chico! Me vas a llenar de pelos

Me agacho a hacerle una caricia en la cabeza. Da un saltito para alcanzar mi mano impaciente por recibirla. Le premio con cariño. Rasco sus orejas a dos manos. Me encanta como entrecierra los ojos con placer.

–Eres una monada.

Me levanto y él se sienta. Abre los ojos y entonces me vuelve la rigidez a las manos. Sus pupilas son alargadas como las de un gato. Doy un paso hacia atrás, conteniéndome para no llamar la atención

–¡Cuidado! Casi te chocas conmigo –se queja mi padre a mi espalda.

–Perdón –Miro al cachorro. Sus ojos negros y redondos parecen normales y me mira con curiosidad por mi reacción.

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