Premio especial I certamen de relato portaldelescritor

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26169924_856128751236552_6238733232192103477_nEn enero, el portal del escritor lanzó su primer certamen de relato.  Los relatos se compartían de forma pública en facebook, así que he podido leer el trabajo de mis compañeros y estoy asombrada del buen nivel que había entre ellos.

Consistía en realizar un relato basado en la premisa obtenida en su app, la cual ofrecía opciones bastante estrambóticas en algunos casos. De entre todas las que salieron elegí la que más interesante me pareció, aunque me dio unos cuantos quebraderos de cabeza intentar encajar todas las piezas, pero eso era precisamente lo más divertido.

Quiero compartir con vosotros el relato que yo he presentado y que ha ganado el premio especial del certamen.

26230037_10213152861153398_1534731029321132938_n-e1516021385971.jpg

¡Qué suerte! Tras dar el primer bocado a mi tlacoyo descubro que la tortilla de maíz no está solo rellena de habas y frijoles, sino que tiene además algo de carne. Se ha quedado algo fría tras la carrera, pero aún está deliciosa. No puedo evitar un gemido de satisfacción mientras una gota de salsa picante intenta caer hacia mi barbilla. Mi lengua la atrapa, no quiero perder ni un poco de su sabor. Devoro el resto de la tortilla en pocos mordiscos y me relamo los dedos. Podría comer cien más como este, pero me ha costado demasiado conseguir uno, como plantearme a ir a por más por mucho que lo haya disfrutado.

Sentada en el borde de una de las terrazas más altas del mercado de Tlatelolco decido que es momento de descansar y, ¿por qué no?, echar un sueñecito al sol. Mi vista se pierde hacia la ciudad que tengo a mis pies: Tenochtitlan, capital del imperio. No hay otra ciudad como esta, flotando sobre plataformas en medio de un lago. Las calles y canales perfectamente alineados hacen que la visión sea aún más impresionante y que todas las miradas sigan esas líneas rectas hasta el corazón del islote, como un halo brillante en torno al Templo Mayor. No me extraña que el gran Huitzilopochtli dirigiera a los méxicas hasta este lugar, es un paraíso.

Un sonido familiar me saca de mi estado adormilado. Las armas de la guardia del mercado suenan cuando andan y uno de ellos debe de estar peligrosamente cerca. Me encojo, gateando para ocultarme tras una pila de fardos. Seguro que me están buscando. Escucho que habla con alguien muy cerca de donde me encuentro. Podría esperar a que se fuera, pero me arriesgo a que alguien me delate y acabe por encontrarme, así que me descuelgo por la terraza con cuidado. Debajo está la zona donde se pueden comprar productos de pesca, así que intento caer sobre un montón de redes para no hacer ruido y, de paso, no romperme ningún hueso.

Corro agachada siguiendo la pared para que no me vea el guardia. No sé muy bien por donde voy, pero es fácil seguir el camino ya que nunca se pierde el templo de vista. El problema es que en esta ciudad tarde o temprano te das de bruces con un canal. Ni siquiera el paraíso es perfecto. Decido una de las dos direcciones posibles al azar, sin saber dónde estará el puente más cercano. Cuando lo encuentro lo cruzo corriendo para alejarme lo más posible del guardia, pero a mitad de camino vislumbro a otro justo al otro lado del puente. Freno esperando que no me haya visto. Me quedo entre la gente, paseando despacio, sin llamar la atención. Respiro al ver que se gira. Parece que no me ha visto. Será mejor que busque otro puente. Giro para volver sobre mis pasos y me encuentro de frente con otro de los guardias. Son inconfundibles, además del emplumado característico que llevan a la espalda, son los únicos que pueden llevar armas en Tlatelolco. Sus ojos se posan en mí y me reconoce al instante. Correr no tiene sentido, así que me resigno a seguirlo cuando me invita a hacerlo. ¿Era necesario poner a tantos hombres a buscarme? Y todo por un tlacoyo de carne.

Me lleva junto a mi padre que me mira acercarme con desaprobación. Ya se ha enterado de todo lo ocurrido. Tras un rato paseando con él por el mercado, escuchando su sermón, sé que solo acaba de empezar. Sus guardias nos rodean, impidiéndonos ver y ser vistos. Tengo suerte de que solo me haya abofeteado un par de veces. Se enfada mucho cada vez que salgo sola y últimamente me lo pone mucho más difícil.

–No solo no debes pasear sin guardia, es que últimamente hasta salir acompañada es peligroso.

Suspiro sabiendo lo que se avecina. Mi anciano padre es cada vez más supersticioso y ha empezado a creer en historias de fantasmas. He escuchado esa historia decenas de veces y cada vez añade cosas que la hacen más tenebrosa.

–Ellos están cada vez más cerca. Han llegado noticias de Chalchicueyecan. Grandes naves con cientos de espíritus han atracado en la isla de Tecpan Tlayácac. Nunca habían llegado tan al norte. Se cuentan historias que dicen que han dominado a los imperios del sur. Se han llevado cientos de almas y exigen ofrendas: maíz, plata, mujeres… Jatziri, ¿estás escuchándome?

Me he distraído, aburrida de la misma historia de siempre. Le miro, discutir con él es inútil, pero según crece su interés por ellos se va olvidando de mí y de mi escapada.

–No parecen portarse como espíritus, sino como cualquier imperio conquistador.

–¡Te digo que no son humanos! No tienen color en su piel ni en su cabello.

–Los ancianos tampoco tienen color en su cabello.

–No todos son ancianos. Si no me crees ven conmigo, te lo mostraré.

Eso sí que ha conseguido despertar mi curiosidad. ¿Va a enseñarme un espíritu?, ¿pero cómo? Lo sigo tan rápido como puedo. Cruzamos el mercado hasta la zona de los esclavos y los guardias se abren permitiendo que nos acerquemos a la carpa de un pochteca, un mercader itinerante muy rico. Mi padre y él se saludan con respeto. Él evita mirarme, también por respeto. Mientras hablan miro los esclavos que vende el pochteca. No me es difícil ver a qué se refería mi padre.

En medio de la carpa se encuentra uno de los espíritus de los que mi padre habla. Su cuerpo plateado refleja la luz y emite destellos que crean la imagen de estrellas en el techo de tela de carpa. La piel de su rostro es blanca como las nubes y está cubierta de motitas café bajo los ojos. Su cabello, como ha dicho mi padre, es claro también, como la arena de la rivera. Lo lleva largo y suelto y se ondula al caer sobre su rostro. Me acerco a verlo mejor. Está atado de pie a un tronco y parece a punto de desfallecer. La piel de sus labios está agrietada y pálida. Parece tan enfermo que podría llevar muerto años, pero su cuerpo parece totalmente corpóreo.

–No te acerques mucho –me advierte el pochteca–, es peligroso. Es un guerrero.

–Lo tendré –digo distraída para que me dejen tranquila. Dudo que pueda hacerme nada malo estando atado y tan… débil.

Toco su rostro, apartando el mechón que lo cubre, y me sorprende encontrarlo templado. Abre con pesadez sus ojos al notar mi contacto y me mira. Me quedo paralizada al ver lo que escondían sus párpados. En torno a una pupila negra hay un disco verde azulado tan claro que podría confundirlo con el blanco que lo envuelve. Me asusta su aspecto tan irreal. Parece humano y su tacto es cálido como el de los vivos. Mueve sus labios y retiro mi mano con temor a que intente morderme. Parece que está hablando, pero no logro escucharlo. Me acerco, casi pegandome a sus labios.

–A… agua –entiendo en un susurro que acaricia mi oreja.

–¿Tienes sed? –pregunto apartándome a mirarlo, pero no responde. Solo repite otra vez lo mismo.

Me acerco a los hombres de mi padre y cojo la calabaza acocote donde llevamos agua. Mi padre y el pochteca me miran, pero el primero no imagina lo que voy a hacer y el segundo no se atreve a contradecirme, espera que lo haga mi padre. Para cuando reaccionan ya le he puesto la calabaza en los labios y bebe con tal ansia que caen dos regueros de agua por las comisuras de sus labios hasta caer por su pecho plateado. Los dos hombres se acercan a mí, ambos parecen enfadados. El pochteca levanta su mano para arrebatarme la calabaza, pero me adelanto antes de que empiece a recriminarme mi acción.

–Padre, cómpralo –pido con firmeza–. Es bellísimo y no hay otro igual en toda Tenochtitlan. Sería único. Y si no sirve para nada podemos sacrificarlo a Huitzilopochtli. El dios se sentiría muy satisfecho con una ofrenda tan especial.

Los dos se detienen. Ha cambiado su expresión y ahora se miran el uno al otro pensando en lo que he dicho. No necesito insistir mucho más para que ambos se pongan a negociar el intercambio, pero esos pormenores no me interesan. Vuelvo la vista a mi espíritu que respira entre jadeos  y busca la calabaza con la mirada.

–¿Cómo te llamas, espíritu? –le pregunto, pero me mira sin comprender.

–No habla náhuatl –explica el pochteca interrumpiendo un momento su conversación con mi padre.

–Pero antes me pidió agua –añado confusa.

–Habrá aprendido alguna palabra por el camino. Pero no es muy inteligente, a lo mejor ni siquiera sabe lo que dice.

Sí que sabía lo que decía. Cuando pidió agua era porque tenía sed, no porque repitiera una palabra al azar. Le cojo de la barbilla para que me mire a mí y pongo la mano en mi pecho.

­–Jatziri ­–pronuncio despacio. Lo repito un par de veces hasta que parece entender.

–Jatseri –repite él de una forma extraña.

Pongo entonces mi mano en su pecho y lo descubro frío y metálico. El resto de esclavos están desnudos y pensaba que esta debía ser su piel, pero empiezo a pensar que solo es una prenda extraña.

–Breixo –dice mi espíritu con una voz grave y ronca.

–Breiso –digo sonriendo.

Me mojo un poco con el agua de la calabaza una esquina de mi ropa. Uso la tela húmeda en su rostro con la sospecha que de que ese color blanco sea algún tipo de maquillaje, pero descubro incrédula que, cuando lo limpio, es aún más blanco. Intento quitarle la prenda metálica para ver lo que hay debajo. Tiro de ella, pero no lo logro. Busco algún tipo de abertura y encuentro partes de cuero en los laterales y en las manos. Miro tras de mí, los dos hombres se han alejado a hablar de negocios, así que no me ven. Cojo uno de los cuchillos del pochteca y corto las tiras de cuero. La prenda plateada se afloja, pero no consigo quitarla. Meto las manos por el hueco que he abierto y descubro debajo el calor y el tacto de una tela empapada en sudor que huele a mono. Es repugnante. Vuelvo a intentar quitarle esa prenda antes de que se asfixie, pero se atasca en las ataduras de los brazos.

–Jatseri –susurra él. Me detengo a mirarlo con curiosidad–. Jatseri, Breixo.

No entiendo qué quiere decir. Repito sus palabras tocándonos a uno y otro. Él asiente y continúa.

–Veracruz. Jatseri, Breixo. Veracruz. Eh… Chalchicue…

–¿Chalchicueyecan? –pregunto al ver que no sabe cómo terminar la palabra.

–¡Chalchicueyecan! Jatseri, Breixo… Chalchicueyecan.

Entrecierro los ojos. ¿Quiere ir a Chalchicueyecan? ¿Qué yo lo lleve? Nunca he estado tan lejos, mi padre no me permite salir de Tenotichlan.

–Jasteri –insiste él mirándome a los ojos. No deja de echar vistazos al pochteca, temeroso de que regrese.

Me quedo pensando en lo que dice y en las historias de mi padre de las mujeres a las que los espíritus se llevan. Chalchicueyecan es el lugar donde están las naves de los espíritus y Breixo quiere llevarme allí. Es una locura, ninguna mujer en sus cabales seguiría escuchando, y yo, sin embargo, sigo aquí, mirando los clarísimos ojos de un fantasma, pensando si acompañarlo, quizá al inframundo.

Aún tengo el cuchillo en la mano y con él corto las ataduras que lo mantienen sujeto al poste. Me mira incrédulo y se quita la prenda pesada y ruidosa. Estoy asustada. Es el doble de grande que yo y podría matarme con una sola mano. Coge otro de los cuchillos del pochteca y pretende salir de la carpa.

–Breixo –lo llamo.

Me mira y le señalo otra dirección. Si sale por donde pretende hacerlo se dará de bruces con la guardia pochteca. Para escapar de Tenochtitlan me necesita. Y yo a él.

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