Te veo

Un comentario

pueblo en verano

Se llama Claudia y, como casi todo el mundo, odia su nombre. Tampoco le gustan mucho los rollitos de carne blanda que cuelgan de sus brazos y, por eso, se había puesto una torera de media manga y tela vaquera sobre el vestido de verano.

Mira el fino reloj plateado de su muñeca y aprieta el paso. Claudia también odia llegar tarde. Decide coger un atajo y atravesar por la parte nueva de la urbanización que están construyendo. A esas horas los obreros deben estar terminando de comer así que no iba a entorpecer su trabajo. Como esperaba allí no hay ni un solo trabajador. Los esqueletos de los pequeños chalets pasan a su lado y el polvo del camino que pronto asfaltarían para hacer una carretera mancha sus sandalias blancas. Se arrepiente de haber tomado ese atajo y camina todo lo deprisa que puede hasta el inicio del parque que rodea todo el lateral noroeste de la urbanización.

esqueleto chalet en construcción

Saca un pañuelo de papel de su bolso y se agacha a quitar el polvo de sus pies. Percibe un reflejo por el rabillo del ojo y mira al camino por el que ha venido. No hay nada. Mira entonces un poco más alto. Sus ojos verdes se entrecierran a causa del molesto reflejo del sol en los pocos muros blancos que ya están construidos. Da un respingo al percibir un movimiento cada vez más cercano. Se incorpora y comienza a andar más deprisa que antes. Es difícil no tropezar con el suelo irregular de la pendiente mullida y verde de ese lado del parque, un lado en el que nunca hay nadie. Se esconde detrás de un árbol, pegando a él su espalda, y asoma la cabeza para mirar hacia atrás. Ahoga un grito apretando muy fuerte los labios y sale corriendo pendiente arriba sin importarle el polvo de sus sandalias ni su bolso abierto. Solo quiere llegar a la zona adoquinada donde pasea la gente, donde no estar sola. Corre y corre. Empieza a sudar y sus mejillas cogen un color rojizo por el esfuerzo. Se arrepiente de no haber ido ni una sola vez al gimnasio en el que hacía diez meses había pagado una matrícula para todo el año.

gente paseando en el parque

Cuando llega al camino que transcurre junto al ancho y lento río se mete entre la gente. Un grupo de ancianas que pasean después de comer, varias familias con sus hijos disfrutando del sol de mayo, parejas… Por fin se siente protegida y abrigada por todos aquellos desconocidos y camina despacio. Respira más tranquila. Saca de su bolso un espejito de mano para ver si el maquillaje disimula lo suficiente su cara de esfuerzo, pero su rostro se vuelve blanco al ver el reflejo de lo que hay tras ella. Le empieza a temblar el labio ¿Es que ni una multitud lo detiene? Disimulando, guarda el espejo, cierra el bolso y comienza a andar. “Despacio, que no se note que tus piernas casi no te pueden sostener”, se dice en un susurro. Algún niño se extraña a ver su sonrisa congelada que parece la de una muñeca sin vida, quizá una premonición de lo que la espera.

Llega caminando hasta un antiguo quiosco musical donde en tiempos de sus abuelos tocaba la orquesta en las fiestas. Allí esta Felipe esperándola apoyado en la piedra de la base del quiosco con la mirada perdida en el partido de fútbol de unos niños. Al escuchar sus pasos, Felipe gira el rostro hacia Claudia y le dedica una amplia y blanca sonrisa, pero al ver la expresión de la joven su sonrisa se borra.

54910318

–Claudia, ¿qué te pasa? Parece que has visto a un fantasma.

Ella llega hasta Felipe y le coge del brazo, tirando de él hasta el otro lado del quiosco, donde nadie pueda verlos.

–¿Qué ocurre? –insiste Felipe.

–¡Chss! –Claudia se pone el índice sobre los labios, mandándole callar–. No hables tan alto –susurra–. Creo que me siguen desde hace un rato.

–¿Seguirte? ¿Quién? Aquí no hay nadie más que tú y yo.

–Que sí, mira. Mira allí.

Claudia señala a un lugar al lado opuesto del quiosco. Felipe dirige hacia allí sus ojos pardos de largas pestañas negras. Entrecierra los párpados intentando descubrir aquello que tanto asusta a la chica.

–¿Lo ves? –insiste ella– ¿Ves esa pantalla? ¿Ves ese rostro que nos observa esperando que hagamos o digamos algo?

–Lo veo. –Felipe piensa que han perdido juntos la cabeza, pero no se atreve a hablar más alto de lo que lo hace ella–. ¿Qué es?

–Mi abuela me contaba historias para asustarme de niña, pero nunca pensé que fuera real. Ella lo llamaba… –le tiembla la voz y tiene que taparse la boca con la mano– lector.

–¿Lector? –Felipe jamás ha escuchado hablar de ese ser fantástico que ahora los escruta atentamente desde lo alto de la escena. Claudia asiente, cogiendo su rostro para que la mire a ella y no alerte al lector de que lo han reconocido.

–Es un ser que observa vidas ajenas. Mi abuela decía que si te encuentra tu destino está sellado.

–¿Qué quieres decir? –Felipe se está empezando a asustar de verdad.

–Si juzga que le interesa nos seguirá observando, si no…

–¿Si no?

Claudia levanta la vista hasta los ojos de Felipe, cogiendo fuerzas para continuar hablando.

–Nos quedaremos paralizados en el tiempo –responde con voz llorosa–. Olvidados para siempre. Sin futuro. Es una muerte en vida.

–¡Dios! Pero algo se podrá hacer, ¿no? Algo se tiene que poder hacer. Alguien debe haber sobrevivido, si no tu abuela no conocería la historia.

–¡Relájate, Felipe! Estoy intentando acordarme. –Claudia cierra los ojos y respira con profundidad un par de veces, despejando su mente para dejar que las palabras de su abuela lleguen a su memoria. Al fin, vuelve a mirar a Felipe, más serena, con más seguridad–. Tenemos que satisfacerlo. Hay que descubrir qué quiere de nosotros: aventura, romance… ¡Dios! Solo espero que no sea fan del gore.

–El romance, podemos probar con eso. Voy a besarte –Felipe coge la mano de Claudia y cierra los ojos acercándose a ella. Claudia pone su mano entre ellos, en la cara de Felipe.

–¿Qué haces? ¡Para! Así no sirve. Hay que hacer que se emocione, que se impaciente por lo que vaya a ocurrir.

–¿Qué propones?

–De momento yo me voy al aeropuerto a comprar dos billetes para el primer destino que salga. Un viaje inesperado siempre atrae al lector, ¿no?

–¿Y yo que hago?

–Disimula, creo que nos está escuchando. Ve a casa y prepara la maleta. Nos vemos en el siguiente capítulo… si el lector quiere.

avion3

Marta González Peláez

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