Nosotros en la noche

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La lluvia golpea contra el cristal de la habitación. Al pasar, las nubes esconden la poca luz que la luna llena vierte sobre el mundo, impidiéndome distinguir las formas de la habitación por momentos. El viento oculta el latido de mi corazón acelerado. El sonido del reloj marca un ritmo lento y deformado. En cada tic cabe una vida. En cada tac recupero la respiración que había olvidado realizar.

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Me tiemblan las manos como cada vez que noto que no estoy sola en la noche. Tengo la sensación de que unos ojos me buscan. Pero ninguno nos movemos. Todo parece quieto. Todo parece tranquilo. Congelado. No me atrevo a hacer nada que le haga encontrarme. Puedo escuchar su respiración ¿o acaso es la mía?

Un relámpago ilumina el dormitorio durante un instante. Lo veo y podría jurar que él me ha visto a mí. ¿O vuelve a ser solo mi imaginación? Ha sido tan rápido que no puedo estar segura de ello, pero suficiente para paralizarme.

Cojo aire con violencia. Creo que se ha movido, que se está acercando a mí. Me cubro el rostro esperando que no me haya visto. Eso me da una falsa sensación de seguridad, pero algo me dice que está ahí, a escasos centímetros de mí, buscándome a tientas. Contengo la respiración y me quedo inmóvil deseando que todo termine.

No sé cuánto tiempo pasa sin que me atreva a mover ni un músculo. La lluvia ha amainado y las nubes por fin dejan entrar algo de luz a través de las cortinas delgadas. El silencio me anima a abrir los ojos y mirar alrededor. Queda poco para que amanezca. Camino por la habitación, estirando mis brazos doloridos por la inmovilidad, y me siento al borde de la cama. ¡Qué poco ha faltado para que me descubra!

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Él duerme plácidamente, arropado hasta las mejillas. Por fin me puedo mover con cierta libertad. Al menos durante un rato, un par de horas quizá, antes de tener que regresar al armario. Llevo tantos años velando su sueño que ya lo siento como si fuera hijo mío. Igual que a su padre cuando era niño y que a todos los que vivieron aquí antes que ellos. Cada vez me es más difícil salir. A su edad todos los niños se vuelven temerosos. Dejan de verme como a una amiga invisible y empiezan a verme como un monstruo del armario, relegándome a aparecer solo mientras duermen. Debo mentalizarme de que pronto tendré que despedirme de él. Tiene ya ocho años y no tardará en dejar de creer en mí, pero su hermana aún no ha sacado sus primeros dientes. En poco tiempo podremos jugar juntas por muchos años. Como hacíamos siempre nosotros en la noche.

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