El vivo al bollo

Con una amplia sonrisa y un apretón de manos Mathew, el comercial, saludó a la pareja que acababa de entrar. Eran el cuarto y quinto clientes que atendía ese día. Nada como unas pizzas gratis para que la gente hiciera cola en la puerta de la pequeña empresa familiar. Gastar 7$ para ganar miles había sido la mejor idea que había tenido desde que entrara a trabajar en la empresa. La pareja se entretenía viendo los folletos e imaginando como sería su viaje. Mathew les ayudaba, explicándoles las opciones, e intentando inflar un poco el precio dentro de las posibilidades de los clientes. Era un delicado juego en el que su experto ojo para determinar el poder adquisitivo de la gente jugaba a su favor.

–Quizá les interese ver nuestras opciones más amigables con el medio ambiente. Para nosotros es muy importante la responsabilidad social de la empresa. Los productos son realizados de forma artesanal a partir de materiales sostenibles. ­–Como imaginaba el rostro de la mujer se iluminó con interés. Ellas solían ser más perceptivas con esos temas. Mathew abrió ante ellos el tríptico informativo. Los precios eran más elevados que otras opciones, así que debía distraer su atención de los números–. El entorno es completamente natural. El objetivo es que la huella humana sea la menor posible. Puedo mostrarles algunas fotografías, se van a enamorar del paisaje.

–Mira, amor, es un campo de azaleas, ¿no te parece precioso?

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Él se mostraba algo más reticente a ignorar la enorme cantidad que veía bajo las preciosas cestas de mimbre.

–¿No es un poco… caro? –preguntó con inseguridad.

–El “Viaje Natural” es una novedad en nuestros servicios. A diferencia de los otros paquetes, este permite una experiencia alejada de la contaminación, el ruido… Nada interferirá en que alcancen un estado de paz absoluto. Su descanso está más que asegurado. Literalmente se volverán uno con la naturaleza. Si prefiere un producto más económico quizá le interese un espacio en el bloque de la periferia. También es un producto muy popular entre los jóvenes ya que permite mantener cerca a la familia.

–Ay, pero estaríamos rodeados de personas. Prefiero el campo, parece un lugar mucho más agradable y tranquilo.

Él parecía indeciso, lo cual era un paso adelante. Un cliente indeciso era un cliente al que se podía convencer.

–Las plazas para este destino están limitadas por el momento a cincuenta debido, precisamente, a la intención de no interferir con la naturaleza. La fuerte demanda que está teniendo me hace imposible asegurarles que queden plazas en el futuro si desean trasladarse aquí. Próximamente tenemos pensado construir un segundo paradero en la cara oeste de la colina. Las reservas no dejan de aumentar, así que seguramente estudiemos la posibilidad de abrir un tercero.

Comenzó el debate entre la pareja. Mathew escuchaba interviniendo solo cuando lo creía oportuno. En pocos minutos estaban convencidos y pudieron pasar a concretar los detalles de su futura morada. Estaban tan animados que, cuando Mathew los despidió, apenas tuvo tiempo de airear la habitación para recibir a su próximo cliente.

Aún con el cartón de la pizza de la pareja anterior escondida en su espalda, recibió al hombre con aspecto de empresario que acababa de llamar al timbre. Casi podía saborear una venta “luxury” solo con mirarlo unos segundos.

Con una amplia sonrisa y un apretón de manos Mathew, el comercial, lo saludó.

–Bienvenido a la funeraria Krause. Adelante, está en su casa.

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Marta González Peláez


Noticia:

https://www.20minutos.es/noticia/3248392/0/funeraria-pizza-gratis-planificar-funeral/

 

 

Mujer del verano

Despierto desnuda y con resaca. No reconozco la habitación en la que me encuentro, pero sí al hombre que duerme a mi lado. No sé su nombre, o no lo recuerdo. Aunque sí el precioso Porsche rojo que condujimos anoche por la autopista, hablando de Christie, de Tolstoy, de Hemingway y de Lemaitre; compartiendo un Johnnie Walker[1] a morro.

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No quiero despertarlo, se ha portado bien conmigo, pero me tiene bloqueada entre su cuerpo y la pared y se me empieza a hacer muy tarde a juzgar por el reloj que hay colgado junto a la puerta. Me pongo a horcajadas sobre él para pasar al otro lado. Un recuerdo fugaz de esa misma postura me dibuja una sonrisa y me tienta a despertarlo para una “rápida despedida”. Le doy un beso en el pecho antes de levantarme. Tiene un olor penetrante que me acompañará el resto del día, pues yo misma estoy impregnada en él. Sus facciones fuertes y duras son muy atractivas y su cuerpo ha sido machacado en el gimnasio, sin duda para superar la reciente crisis de los cuarenta. Aún tiene restos de mi pintalabios rojo en el cuello y el pecho. Levanto un poco la sábana que lo cubre de cadera para abajo. Sí, también ahí hay restos de mi pintalabios. Creo que le he dejado tan buen recuerdo como él a mí.

Recojo mi vestido de lunares del suelo y me lo pongo. Busco mis botas, pero no las veo por la habitación. ¿Dónde están? Miro debajo de la cama y del escritorio, detrás de la mesilla y en el alfeizar de la ventana, pero solo encuentro un calcetín enrollado y ceniza de cigarro. Eso hace que deje de preocuparme por mis botas. Abro el cajón superior de la mesilla que hay junto a la cama ¾escondite de cualquier fumador habitual¾ y rebusco entre su ropa interior hasta dar con una bolsa de tabaco de liar. En su interior hay papel, filtros y un mechero. Me siento frente al escritorio y me esmero en preparar un cigarrillo. No soy muy buena, siempre fumo de paquete, pero me tomo mi tiempo para hacerlo bien. Para cuando termino, mi amante empieza a revolverse, está despertando.

Cojo mi maleta en silencio, guardo el resto del tabaco y saco el pintalabios rojo que utilizo, aprovechando el reflejo de la pantalla apagada del ordenador. Me encanta cómo me queda este color. Me llevo el cigarrillo a los labios y me acerco a la cama. Echo un último vistazo a sus rasgos dormidos antes de dejar el cigarrillo sobre la mesilla. Tiene la marca de mis labios en el filtro. Es mi beso de despedida.

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Me marcho sin mis botas. De todas formas siempre me ha gustado andar descalza. Iría incluso desnuda si la policía no fuera tan sensible con ese tema. El verano ha comenzado hace poco y queda mucho por disfrutar.

[1] Whisky escocés.

Este relato está inspirado en el poema de Bukowsky “Mujeres del verano”, con la intención de dar otro punto de vista y preguntar “¿Qué tiene de malo ser una mujer del verano?”.

LAS MUJERES DEL VERANO

Charles Bukowski

Las mujeres del verano morirán como la rosa

y la mentira

las mujeres del verano amarán

siempre y cuando el precio

no sea eterno

las mujeres del verano

pueden amar a cualquiera;

incluso a ti

mientras dure el verano.

Pero también les

llegará el invierno

nieve blanca

y frío helado

y caras tan feas

que incluso la muerte

hará una mueca de horror

antes de

llevárselas.

 

Nosotros en la noche

La lluvia golpea contra el cristal de la habitación. Al pasar, las nubes esconden la poca luz que la luna llena vierte sobre el mundo, impidiéndome distinguir las formas de la habitación por momentos. El viento oculta el latido de mi corazón acelerado. El sonido del reloj marca un ritmo lento y deformado. En cada tic cabe una vida. En cada tac recupero la respiración que había olvidado realizar.

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Me tiemblan las manos como cada vez que noto que no estoy sola en la noche. Tengo la sensación de que unos ojos me buscan. Pero ninguno nos movemos. Todo parece quieto. Todo parece tranquilo. Congelado. No me atrevo a hacer nada que le haga encontrarme. Puedo escuchar su respiración ¿o acaso es la mía?

Un relámpago ilumina el dormitorio durante un instante. Lo veo y podría jurar que él me ha visto a mí. ¿O vuelve a ser solo mi imaginación? Ha sido tan rápido que no puedo estar segura de ello, pero suficiente para paralizarme.

Cojo aire con violencia. Creo que se ha movido, que se está acercando a mí. Me cubro el rostro esperando que no me haya visto. Eso me da una falsa sensación de seguridad, pero algo me dice que está ahí, a escasos centímetros de mí, buscándome a tientas. Contengo la respiración y me quedo inmóvil deseando que todo termine.

No sé cuánto tiempo pasa sin que me atreva a mover ni un músculo. La lluvia ha amainado y las nubes por fin dejan entrar algo de luz a través de las cortinas delgadas. El silencio me anima a abrir los ojos y mirar alrededor. Queda poco para que amanezca. Camino por la habitación, estirando mis brazos doloridos por la inmovilidad, y me siento al borde de la cama. ¡Qué poco ha faltado para que me descubra!

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Él duerme plácidamente, arropado hasta las mejillas. Por fin me puedo mover con cierta libertad. Al menos durante un rato, un par de horas quizá, antes de tener que regresar al armario. Llevo tantos años velando su sueño que ya lo siento como si fuera hijo mío. Igual que a su padre cuando era niño y que a todos los que vivieron aquí antes que ellos. Cada vez me es más difícil salir. A su edad todos los niños se vuelven temerosos. Dejan de verme como a una amiga invisible y empiezan a verme como un monstruo del armario, relegándome a aparecer solo mientras duermen. Debo mentalizarme de que pronto tendré que despedirme de él. Tiene ya ocho años y no tardará en dejar de creer en mí, pero su hermana aún no ha sacado sus primeros dientes. En poco tiempo podremos jugar juntas por muchos años. Como hacíamos siempre nosotros en la noche.

Te veo

pueblo en verano

Se llama Claudia y, como casi todo el mundo, odia su nombre. Tampoco le gustan mucho los rollitos de carne blanda que cuelgan de sus brazos y, por eso, se había puesto una torera de media manga y tela vaquera sobre el vestido de verano.

Mira el fino reloj plateado de su muñeca y aprieta el paso. Claudia también odia llegar tarde. Decide coger un atajo y atravesar por la parte nueva de la urbanización que están construyendo. A esas horas los obreros deben estar terminando de comer así que no iba a entorpecer su trabajo. Como esperaba allí no hay ni un solo trabajador. Los esqueletos de los pequeños chalets pasan a su lado y el polvo del camino que pronto asfaltarían para hacer una carretera mancha sus sandalias blancas. Se arrepiente de haber tomado ese atajo y camina todo lo deprisa que puede hasta el inicio del parque que rodea todo el lateral noroeste de la urbanización.

esqueleto chalet en construcción

Saca un pañuelo de papel de su bolso y se agacha a quitar el polvo de sus pies. Percibe un reflejo por el rabillo del ojo y mira al camino por el que ha venido. No hay nada. Mira entonces un poco más alto. Sus ojos verdes se entrecierran a causa del molesto reflejo del sol en los pocos muros blancos que ya están construidos. Da un respingo al percibir un movimiento cada vez más cercano. Se incorpora y comienza a andar más deprisa que antes. Es difícil no tropezar con el suelo irregular de la pendiente mullida y verde de ese lado del parque, un lado en el que nunca hay nadie. Se esconde detrás de un árbol, pegando a él su espalda, y asoma la cabeza para mirar hacia atrás. Ahoga un grito apretando muy fuerte los labios y sale corriendo pendiente arriba sin importarle el polvo de sus sandalias ni su bolso abierto. Solo quiere llegar a la zona adoquinada donde pasea la gente, donde no estar sola. Corre y corre. Empieza a sudar y sus mejillas cogen un color rojizo por el esfuerzo. Se arrepiente de no haber ido ni una sola vez al gimnasio en el que hacía diez meses había pagado una matrícula para todo el año.

gente paseando en el parque

Cuando llega al camino que transcurre junto al ancho y lento río se mete entre la gente. Un grupo de ancianas que pasean después de comer, varias familias con sus hijos disfrutando del sol de mayo, parejas… Por fin se siente protegida y abrigada por todos aquellos desconocidos y camina despacio. Respira más tranquila. Saca de su bolso un espejito de mano para ver si el maquillaje disimula lo suficiente su cara de esfuerzo, pero su rostro se vuelve blanco al ver el reflejo de lo que hay tras ella. Le empieza a temblar el labio ¿Es que ni una multitud lo detiene? Disimulando, guarda el espejo, cierra el bolso y comienza a andar. “Despacio, que no se note que tus piernas casi no te pueden sostener”, se dice en un susurro. Algún niño se extraña a ver su sonrisa congelada que parece la de una muñeca sin vida, quizá una premonición de lo que la espera.

Llega caminando hasta un antiguo quiosco musical donde en tiempos de sus abuelos tocaba la orquesta en las fiestas. Allí esta Felipe esperándola apoyado en la piedra de la base del quiosco con la mirada perdida en el partido de fútbol de unos niños. Al escuchar sus pasos, Felipe gira el rostro hacia Claudia y le dedica una amplia y blanca sonrisa, pero al ver la expresión de la joven su sonrisa se borra.

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–Claudia, ¿qué te pasa? Parece que has visto a un fantasma.

Ella llega hasta Felipe y le coge del brazo, tirando de él hasta el otro lado del quiosco, donde nadie pueda verlos.

–¿Qué ocurre? –insiste Felipe.

–¡Chss! –Claudia se pone el índice sobre los labios, mandándole callar–. No hables tan alto –susurra–. Creo que me siguen desde hace un rato.

–¿Seguirte? ¿Quién? Aquí no hay nadie más que tú y yo.

–Que sí, mira. Mira allí.

Claudia señala a un lugar al lado opuesto del quiosco. Felipe dirige hacia allí sus ojos pardos de largas pestañas negras. Entrecierra los párpados intentando descubrir aquello que tanto asusta a la chica.

–¿Lo ves? –insiste ella– ¿Ves esa pantalla? ¿Ves ese rostro que nos observa esperando que hagamos o digamos algo?

–Lo veo. –Felipe piensa que han perdido juntos la cabeza, pero no se atreve a hablar más alto de lo que lo hace ella–. ¿Qué es?

–Mi abuela me contaba historias para asustarme de niña, pero nunca pensé que fuera real. Ella lo llamaba… –le tiembla la voz y tiene que taparse la boca con la mano– lector.

–¿Lector? –Felipe jamás ha escuchado hablar de ese ser fantástico que ahora los escruta atentamente desde lo alto de la escena. Claudia asiente, cogiendo su rostro para que la mire a ella y no alerte al lector de que lo han reconocido.

–Es un ser que observa vidas ajenas. Mi abuela decía que si te encuentra tu destino está sellado.

–¿Qué quieres decir? –Felipe se está empezando a asustar de verdad.

–Si juzga que le interesa nos seguirá observando, si no…

–¿Si no?

Claudia levanta la vista hasta los ojos de Felipe, cogiendo fuerzas para continuar hablando.

–Nos quedaremos paralizados en el tiempo –responde con voz llorosa–. Olvidados para siempre. Sin futuro. Es una muerte en vida.

–¡Dios! Pero algo se podrá hacer, ¿no? Algo se tiene que poder hacer. Alguien debe haber sobrevivido, si no tu abuela no conocería la historia.

–¡Relájate, Felipe! Estoy intentando acordarme. –Claudia cierra los ojos y respira con profundidad un par de veces, despejando su mente para dejar que las palabras de su abuela lleguen a su memoria. Al fin, vuelve a mirar a Felipe, más serena, con más seguridad–. Tenemos que satisfacerlo. Hay que descubrir qué quiere de nosotros: aventura, romance… ¡Dios! Solo espero que no sea fan del gore.

–El romance, podemos probar con eso. Voy a besarte –Felipe coge la mano de Claudia y cierra los ojos acercándose a ella. Claudia pone su mano entre ellos, en la cara de Felipe.

–¿Qué haces? ¡Para! Así no sirve. Hay que hacer que se emocione, que se impaciente por lo que vaya a ocurrir.

–¿Qué propones?

–De momento yo me voy al aeropuerto a comprar dos billetes para el primer destino que salga. Un viaje inesperado siempre atrae al lector, ¿no?

–¿Y yo que hago?

–Disimula, creo que nos está escuchando. Ve a casa y prepara la maleta. Nos vemos en el siguiente capítulo… si el lector quiere.

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Marta González Peláez

Premio especial I certamen de relato portaldelescritor

26169924_856128751236552_6238733232192103477_nEn enero, el portal del escritor lanzó su primer certamen de relato.  Los relatos se compartían de forma pública en facebook, así que he podido leer el trabajo de mis compañeros y estoy asombrada del buen nivel que había entre ellos.

Consistía en realizar un relato basado en la premisa obtenida en su app, la cual ofrecía opciones bastante estrambóticas en algunos casos. De entre todas las que salieron elegí la que más interesante me pareció, aunque me dio unos cuantos quebraderos de cabeza intentar encajar todas las piezas, pero eso era precisamente lo más divertido.

Quiero compartir con vosotros el relato que yo he presentado y que ha ganado el premio especial del certamen.

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¡Qué suerte! Tras dar el primer bocado a mi tlacoyo descubro que la tortilla de maíz no está solo rellena de habas y frijoles, sino que tiene además algo de carne. Se ha quedado algo fría tras la carrera, pero aún está deliciosa. No puedo evitar un gemido de satisfacción mientras una gota de salsa picante intenta caer hacia mi barbilla. Mi lengua la atrapa, no quiero perder ni un poco de su sabor. Devoro el resto de la tortilla en pocos mordiscos y me relamo los dedos. Podría comer cien más como este, pero me ha costado demasiado conseguir uno, como plantearme a ir a por más por mucho que lo haya disfrutado.

Sentada en el borde de una de las terrazas más altas del mercado de Tlatelolco decido que es momento de descansar y, ¿por qué no?, echar un sueñecito al sol. Mi vista se pierde hacia la ciudad que tengo a mis pies: Tenochtitlan, capital del imperio. No hay otra ciudad como esta, flotando sobre plataformas en medio de un lago. Las calles y canales perfectamente alineados hacen que la visión sea aún más impresionante y que todas las miradas sigan esas líneas rectas hasta el corazón del islote, como un halo brillante en torno al Templo Mayor. No me extraña que el gran Huitzilopochtli dirigiera a los méxicas hasta este lugar, es un paraíso.

Un sonido familiar me saca de mi estado adormilado. Las armas de la guardia del mercado suenan cuando andan y uno de ellos debe de estar peligrosamente cerca. Me encojo, gateando para ocultarme tras una pila de fardos. Seguro que me están buscando. Escucho que habla con alguien muy cerca de donde me encuentro. Podría esperar a que se fuera, pero me arriesgo a que alguien me delate y acabe por encontrarme, así que me descuelgo por la terraza con cuidado. Debajo está la zona donde se pueden comprar productos de pesca, así que intento caer sobre un montón de redes para no hacer ruido y, de paso, no romperme ningún hueso.

Corro agachada siguiendo la pared para que no me vea el guardia. No sé muy bien por donde voy, pero es fácil seguir el camino ya que nunca se pierde el templo de vista. El problema es que en esta ciudad tarde o temprano te das de bruces con un canal. Ni siquiera el paraíso es perfecto. Decido una de las dos direcciones posibles al azar, sin saber dónde estará el puente más cercano. Cuando lo encuentro lo cruzo corriendo para alejarme lo más posible del guardia, pero a mitad de camino vislumbro a otro justo al otro lado del puente. Freno esperando que no me haya visto. Me quedo entre la gente, paseando despacio, sin llamar la atención. Respiro al ver que se gira. Parece que no me ha visto. Será mejor que busque otro puente. Giro para volver sobre mis pasos y me encuentro de frente con otro de los guardias. Son inconfundibles, además del emplumado característico que llevan a la espalda, son los únicos que pueden llevar armas en Tlatelolco. Sus ojos se posan en mí y me reconoce al instante. Correr no tiene sentido, así que me resigno a seguirlo cuando me invita a hacerlo. ¿Era necesario poner a tantos hombres a buscarme? Y todo por un tlacoyo de carne.

Me lleva junto a mi padre que me mira acercarme con desaprobación. Ya se ha enterado de todo lo ocurrido. Tras un rato paseando con él por el mercado, escuchando su sermón, sé que solo acaba de empezar. Sus guardias nos rodean, impidiéndonos ver y ser vistos. Tengo suerte de que solo me haya abofeteado un par de veces. Se enfada mucho cada vez que salgo sola y últimamente me lo pone mucho más difícil.

–No solo no debes pasear sin guardia, es que últimamente hasta salir acompañada es peligroso.

Suspiro sabiendo lo que se avecina. Mi anciano padre es cada vez más supersticioso y ha empezado a creer en historias de fantasmas. He escuchado esa historia decenas de veces y cada vez añade cosas que la hacen más tenebrosa.

–Ellos están cada vez más cerca. Han llegado noticias de Chalchicueyecan. Grandes naves con cientos de espíritus han atracado en la isla de Tecpan Tlayácac. Nunca habían llegado tan al norte. Se cuentan historias que dicen que han dominado a los imperios del sur. Se han llevado cientos de almas y exigen ofrendas: maíz, plata, mujeres… Jatziri, ¿estás escuchándome?

Me he distraído, aburrida de la misma historia de siempre. Le miro, discutir con él es inútil, pero según crece su interés por ellos se va olvidando de mí y de mi escapada.

–No parecen portarse como espíritus, sino como cualquier imperio conquistador.

–¡Te digo que no son humanos! No tienen color en su piel ni en su cabello.

–Los ancianos tampoco tienen color en su cabello.

–No todos son ancianos. Si no me crees ven conmigo, te lo mostraré.

Eso sí que ha conseguido despertar mi curiosidad. ¿Va a enseñarme un espíritu?, ¿pero cómo? Lo sigo tan rápido como puedo. Cruzamos el mercado hasta la zona de los esclavos y los guardias se abren permitiendo que nos acerquemos a la carpa de un pochteca, un mercader itinerante muy rico. Mi padre y él se saludan con respeto. Él evita mirarme, también por respeto. Mientras hablan miro los esclavos que vende el pochteca. No me es difícil ver a qué se refería mi padre.

En medio de la carpa se encuentra uno de los espíritus de los que mi padre habla. Su cuerpo plateado refleja la luz y emite destellos que crean la imagen de estrellas en el techo de tela de carpa. La piel de su rostro es blanca como las nubes y está cubierta de motitas café bajo los ojos. Su cabello, como ha dicho mi padre, es claro también, como la arena de la rivera. Lo lleva largo y suelto y se ondula al caer sobre su rostro. Me acerco a verlo mejor. Está atado de pie a un tronco y parece a punto de desfallecer. La piel de sus labios está agrietada y pálida. Parece tan enfermo que podría llevar muerto años, pero su cuerpo parece totalmente corpóreo.

–No te acerques mucho –me advierte el pochteca–, es peligroso. Es un guerrero.

–Lo tendré –digo distraída para que me dejen tranquila. Dudo que pueda hacerme nada malo estando atado y tan… débil.

Toco su rostro, apartando el mechón que lo cubre, y me sorprende encontrarlo templado. Abre con pesadez sus ojos al notar mi contacto y me mira. Me quedo paralizada al ver lo que escondían sus párpados. En torno a una pupila negra hay un disco verde azulado tan claro que podría confundirlo con el blanco que lo envuelve. Me asusta su aspecto tan irreal. Parece humano y su tacto es cálido como el de los vivos. Mueve sus labios y retiro mi mano con temor a que intente morderme. Parece que está hablando, pero no logro escucharlo. Me acerco, casi pegandome a sus labios.

–A… agua –entiendo en un susurro que acaricia mi oreja.

–¿Tienes sed? –pregunto apartándome a mirarlo, pero no responde. Solo repite otra vez lo mismo.

Me acerco a los hombres de mi padre y cojo la calabaza acocote donde llevamos agua. Mi padre y el pochteca me miran, pero el primero no imagina lo que voy a hacer y el segundo no se atreve a contradecirme, espera que lo haga mi padre. Para cuando reaccionan ya le he puesto la calabaza en los labios y bebe con tal ansia que caen dos regueros de agua por las comisuras de sus labios hasta caer por su pecho plateado. Los dos hombres se acercan a mí, ambos parecen enfadados. El pochteca levanta su mano para arrebatarme la calabaza, pero me adelanto antes de que empiece a recriminarme mi acción.

–Padre, cómpralo –pido con firmeza–. Es bellísimo y no hay otro igual en toda Tenochtitlan. Sería único. Y si no sirve para nada podemos sacrificarlo a Huitzilopochtli. El dios se sentiría muy satisfecho con una ofrenda tan especial.

Los dos se detienen. Ha cambiado su expresión y ahora se miran el uno al otro pensando en lo que he dicho. No necesito insistir mucho más para que ambos se pongan a negociar el intercambio, pero esos pormenores no me interesan. Vuelvo la vista a mi espíritu que respira entre jadeos  y busca la calabaza con la mirada.

–¿Cómo te llamas, espíritu? –le pregunto, pero me mira sin comprender.

–No habla náhuatl –explica el pochteca interrumpiendo un momento su conversación con mi padre.

–Pero antes me pidió agua –añado confusa.

–Habrá aprendido alguna palabra por el camino. Pero no es muy inteligente, a lo mejor ni siquiera sabe lo que dice.

Sí que sabía lo que decía. Cuando pidió agua era porque tenía sed, no porque repitiera una palabra al azar. Le cojo de la barbilla para que me mire a mí y pongo la mano en mi pecho.

­–Jatziri ­–pronuncio despacio. Lo repito un par de veces hasta que parece entender.

–Jatseri –repite él de una forma extraña.

Pongo entonces mi mano en su pecho y lo descubro frío y metálico. El resto de esclavos están desnudos y pensaba que esta debía ser su piel, pero empiezo a pensar que solo es una prenda extraña.

–Breixo –dice mi espíritu con una voz grave y ronca.

–Breiso –digo sonriendo.

Me mojo un poco con el agua de la calabaza una esquina de mi ropa. Uso la tela húmeda en su rostro con la sospecha que de que ese color blanco sea algún tipo de maquillaje, pero descubro incrédula que, cuando lo limpio, es aún más blanco. Intento quitarle la prenda metálica para ver lo que hay debajo. Tiro de ella, pero no lo logro. Busco algún tipo de abertura y encuentro partes de cuero en los laterales y en las manos. Miro tras de mí, los dos hombres se han alejado a hablar de negocios, así que no me ven. Cojo uno de los cuchillos del pochteca y corto las tiras de cuero. La prenda plateada se afloja, pero no consigo quitarla. Meto las manos por el hueco que he abierto y descubro debajo el calor y el tacto de una tela empapada en sudor que huele a mono. Es repugnante. Vuelvo a intentar quitarle esa prenda antes de que se asfixie, pero se atasca en las ataduras de los brazos.

–Jatseri –susurra él. Me detengo a mirarlo con curiosidad–. Jatseri, Breixo.

No entiendo qué quiere decir. Repito sus palabras tocándonos a uno y otro. Él asiente y continúa.

–Veracruz. Jatseri, Breixo. Veracruz. Eh… Chalchicue…

–¿Chalchicueyecan? –pregunto al ver que no sabe cómo terminar la palabra.

–¡Chalchicueyecan! Jatseri, Breixo… Chalchicueyecan.

Entrecierro los ojos. ¿Quiere ir a Chalchicueyecan? ¿Qué yo lo lleve? Nunca he estado tan lejos, mi padre no me permite salir de Tenotichlan.

–Jasteri –insiste él mirándome a los ojos. No deja de echar vistazos al pochteca, temeroso de que regrese.

Me quedo pensando en lo que dice y en las historias de mi padre de las mujeres a las que los espíritus se llevan. Chalchicueyecan es el lugar donde están las naves de los espíritus y Breixo quiere llevarme allí. Es una locura, ninguna mujer en sus cabales seguiría escuchando, y yo, sin embargo, sigo aquí, mirando los clarísimos ojos de un fantasma, pensando si acompañarlo, quizá al inframundo.

Aún tengo el cuchillo en la mano y con él corto las ataduras que lo mantienen sujeto al poste. Me mira incrédulo y se quita la prenda pesada y ruidosa. Estoy asustada. Es el doble de grande que yo y podría matarme con una sola mano. Coge otro de los cuchillos del pochteca y pretende salir de la carpa.

–Breixo –lo llamo.

Me mira y le señalo otra dirección. Si sale por donde pretende hacerlo se dará de bruces con la guardia pochteca. Para escapar de Tenochtitlan me necesita. Y yo a él.

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Harry Potter y lo que parecía un gran montón de ceniza

hp01Si eres seguidor de la saga de Harry Potter, necesitas leer esta historia. Si no lo eres, aun así puedes echarte unas risas con él. Harry Potter y lo que parecía un gran montón de ceniza es una creación conjunta hombre-máquina. ¿Cómo? La página web Botnik ha metido todos los libros de la saga Harry Potter en un escritor predictivo (excluyendo cualquier otra referencia que pudiera tener anteriormente, quedando solo Harry Potter) y han dejado que la máquina escribiera el próximo Best Seller de la marca. El resultado es hilarante.

Puedes encontrar el original en inglés aquí.

Ilustraciones de Megan Nicole Dong.

Capítulo 13: El guapo.

En los jardines del castillo rugía un viento mágicamente amplificado. El cielo, allá afuera, era un enorme techo negro, que estaba impregnado en sangre. El único ruido que salía de la cabaña de Hagrid eran los desdeñosos chillidos de sus propios muebles. Magia: era algo que Harry Potter pensaba que era muy bueno.

Una lluvia de tiras de cuero azotaba al fantasma de Harry mientras este atravesaba los jardines hacia el castillo. Ron esperaba allí, realizando un frenético claqué. Vio a Harry e, inmediatamente, comenzó a comerse a la familia de Hermione.

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La camiseta de Ron de Ron era tan mala como el propio Ron.

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—Si vosotros dos no podéis dar pisotones felizmente, voy a ponerme violenta —confesó la razonable Hermione.

—¿Y qué hay de la magia de Ron? —ofreció Ron. Para Harry, Ron era un ruidoso, lento y suave pajarillo. A Harry no le gustaba pensar en pájaros.

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—Los mortífagos están en lo alto del castillo —baló Ron, temblando. Ron iba a ser arañas. Simplemente lo sería. No estaba orgulloso de ello, pero iba a ser dificil no tener arañas por todo su cuerpo después de lo que había dicho y hecho.

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—¡Mirad! —dijo Hermione—, obviamente hay hordas de mortífagos en el castillo. Vamos a escuchar qué dicen.

Los tres completos amigos corrieron hasta aterrizar junto al lado exterior de la puerta del tejado del castillo. Prácticamente caminaron, pero las brujas no están escalando. Ron miró el llamador de la puerta y después a Hermione con notable dolor.

—Creo que está cerrado —advirtió él.

—Cerrado con llave —dijo Mr. Staircase (señor escalera), el fantasma vestido de forma lamentable. Miraron a la puerta, gritando lo muy cerrada que estaba y pidiendo cambiarla por una pequeña esfera. La contraseña era —MUJER TERNERA— gimió Hermione.Sin título

Harry, Ron y Hermione permanecieron silenciosos tras un círculo de mortífagos de mal aspecto.

—Creo que está bien si te gusto dijo uno de los mortífagos.

—Muchas gracias —respondió otro. El primer mortífago se acercó confiadamente a dar un beso en la mejilla del segundo.

—¡Oh, bien hecho! —dijo el segundo dando de nuevo un paso atrás. Todos los demás mortífagos aplaudieron educadamente. Después todos dedicaron unos minutos a repasar el plan para librarse de la magia de Harry.

Harry sintió a Voldemort a su espalda. Sufrió una reacción exagerada. Se arrancó los ojos de la cabeza y los tiró a través del bosque. Voldemor alzó las cejas a Harry, pero este no podía ver nada por el momento.

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—Voldemort, tú eres un hechicero muy malo y cruel —dijo Harry salvajemente. Hermione asintió enérgicamente. El mortífago alto vestía una camiseta que decía “Hermione ha olvidado como bailar”, así que ella le hundió la cara en barro.

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Ron lanzó una varita a Voldemort y todo el mundo aplaudió. Ron sonrió. Ron cogió su varita lentamente.

—Ron es el guapo —murmuró Harry mientras cogía la suya de mala gana. Pronunciaron un hechizo o dos, y chorros de luz verde impactaron en las cabezas de los mortífagos. Ron se acobardó.

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—Ya no es tan guapo —pensó Harry hundiendo a Hermione en salsa picante. Los mortífagos estaban muertos y Harry estaba más hambriento que nunca.

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***

El gran recibidor estaba lleno de candelabros gimientes y una bibliotecaria que había decorado los fregaderos con libros sobre masonería. Montañas de ratones explotaron. Varias calabazas alargadas cayeron de McGonagall. El pelo de Dumbledore se deslizó hasta Hermione cuando Dumbledore llegó al colegio.

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El cerdo de Hufflepuff se hinchaba como un enorme sapo. Dumbledore le sonrió y puso su mano en su cabeza: —Ahora eres Hagrid.

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—Somos las únicas personas que importan. Nunca va a poder eliminarnos —dijeron Harry, Ron y Hermione a coro.

El suelo de la escuela parecía un gran montón de magia. Los Dursley nunca habían estado en el castillo y no iban a hacerlo en Harry Potter y lo que parecía un gran montón de ceniza.

Harry miró alrededor y cayó por la escalera de caracol durante el resto del verano.

—Yo soy Harry Potter —Harry empezó a gritar—. Las artes oscuras pueden empezar a temer. ¡Oh, tío!

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Traducción Marta González Peláez.

La boda III

Tercera parte y última del primer capítulo de la obra. Hasta aquí puedo leer de momento. Si os gusta, decídmelo en comentarios y escribiré un segundo capítulo.


–¿Estás bien, hijo? Tienes una cara horrible. ¿Nervioso?

–Mucho –vuelvo a mentir–. No he logrado dormir casi nada. Gracias otra vez.

–Menos mal que he venido, tiene pinta de que no vas a llegar vivo a la boda.

Río. O al menos lo finjo. Le pongo una mano en el hombro y le invito a ir hacia la escalera.

–¡Oh! Espera. Tenía que hablar con el encargado.

Me acerco al mostrador e interrumpo la conversación entre la recepcionista y el dueño del perro. Es una chica preciosa de coleta rubia y ojos azules. Exactamente el tipo de mujer que me gusta. Sonrío instintivamente.

–Perdón por la interrupción. Solo quería informar de que creo que hay un escape de gas en la segunda planta.

Sé que el hombre me está dedicando una mirada de desprecio aunque no lo veo, lo noto en su forma de mascullar acerca de los malos modales. Pero la recepcionista me dedica una sonrisa preciosa.

–¿Un escape de gas, señor? ¿Está seguro?

–No lo sé, pero hay algo en esa habitación que me está provocando un fuerte dolor de cabeza y… –me callo antes de confesar mis alucinaciones– Me deja algo atontado.

–Avisaré para que lo comprueben. Disculpe las molestias.

Aprieta el botón de llamada interna de su teléfono y este emite un sonido agudo y breve que se repite cada pocos segundos. Me giro hacia mi padre. Tras él, frente al mostrador de recepción, hay un espejo grande colgado de la pared en el que puedo ver toda la escena. El perro de pupilas alargadas, el hombre que no tiene rostro y la recepcionista que ahora tiene los ojos brillantes como luces de navidad. Me giro otra vez. Todo parece normal. El pitido del teléfono se vuelve más rápido.

–¿Estás bien, hijo? –pregunta mi padre acercándose a mí y poniendo sus manos en mis hombros. No le respondo. No soy capaz–. Lorenzo ¿Lorenzo?

¿Lorenzo? ¿Desde cuándo mi padre me llama así?

–¡Lorenzo! –distingo claramente la voz de Sofía y al abrir los ojos la descubrí sujetando mis hombros, inclinada hacia mí.

–Manuel –me quejo al instante.

Yo estaba tumbado en una especie de camilla. Ella sigue con la bata japonesa, pero ha perdido la redecilla y solo unos pocos rulos cuelgan aún de algún mechón desordenado. Me agarra la cara y me obliga a mirarla.

–Escúchame. No tenemos tiempo –insiste al ver que me cuesta prestar atención.

–¿Qué ha pasado, Sofía? ¿Qué era ese perro?

Estaba en una ambulancia. El pitido constante venía de una máquina que indicaba mis pulsaciones. Eso lo explicaba todo. Toda esta historia tan extraña debía de ser un efecto de la morfina. No sabía que me había pasado, pero me dolía el pecho y me ardían los pulmones.

–No hay tiempo para explicártelo todo. Nada de lo que veas a partir de ahora es cierto ¿vale? No confíes en nada ni en nadie. Voy a sacarte de ahí, lo prometo, pero no dejes que te atrape.

–¿Atraparme? ¿El cachorro? –me sentía demasiado cansado como para asustarme siquiera por su tono de alarma.

–Lorenzo. Lorenzo, atiende. Ahora está en tu cabeza. Conoce tus pensamientos y tus recuerdos. Te está buscando, pero no dejes que te encuentre ¿vale? Yo me encargaré de él. Fíjate en los detalles, en todos los detalles. Nada es real. No tengas miedo. Tu miedo te hace visible y si te encuentra estás muerto.

–¿Qué eres tú? ¿Por qué haces explotar perros? –Empezaba a darme igual la pesadilla. No me importaba la ambulancia, el dolor o las amenazas de muerte de mi prometida. Solo quería dormir. Mi mente se perdía en el reflejo de un hombre sin rostro y una recepcionista de ojos azules, brillantes como luces de navidad.

–Lorenzo, voy a encargarme de todo, pero hasta entonces, por favor, sobrevive.

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