La boda III

Tercera parte y última del primer capítulo de la obra. Hasta aquí puedo leer de momento. Si os gusta, decídmelo en comentarios y escribiré un segundo capítulo.


–¿Estás bien, hijo? Tienes una cara horrible. ¿Nervioso?

–Mucho –vuelvo a mentir–. No he logrado dormir casi nada. Gracias otra vez.

–Menos mal que he venido, tiene pinta de que no vas a llegar vivo a la boda.

Río. O al menos lo finjo. Le pongo una mano en el hombro y le invito a ir hacia la escalera.

–¡Oh! Espera. Tenía que hablar con el encargado.

Me acerco al mostrador e interrumpo la conversación entre la recepcionista y el dueño del perro. Es una chica preciosa de coleta rubia y ojos azules. Exactamente el tipo de mujer que me gusta. Sonrío instintivamente.

–Perdón por la interrupción. Solo quería informar de que creo que hay un escape de gas en la segunda planta.

Sé que el hombre me está dedicando una mirada de desprecio aunque no lo veo, lo noto en su forma de mascullar acerca de los malos modales. Pero la recepcionista me dedica una sonrisa preciosa.

–¿Un escape de gas, señor? ¿Está seguro?

–No lo sé, pero hay algo en esa habitación que me está provocando un fuerte dolor de cabeza y… –me callo antes de confesar mis alucinaciones– Me deja algo atontado.

–Avisaré para que lo comprueben. Disculpe las molestias.

Aprieta el botón de llamada interna de su teléfono y este emite un sonido agudo y breve que se repite cada pocos segundos. Me giro hacia mi padre. Tras él, frente al mostrador de recepción, hay un espejo grande colgado de la pared en el que puedo ver toda la escena. El perro de pupilas alargadas, el hombre que no tiene rostro y la recepcionista que ahora tiene los ojos brillantes como luces de navidad. Me giro otra vez. Todo parece normal. El pitido del teléfono se vuelve más rápido.

–¿Estás bien, hijo? –pregunta mi padre acercándose a mí y poniendo sus manos en mis hombros. No le respondo. No soy capaz–. Lorenzo ¿Lorenzo?

¿Lorenzo? ¿Desde cuándo mi padre me llama así?

–¡Lorenzo! –distingo claramente la voz de Sofía y al abrir los ojos la descubrí sujetando mis hombros, inclinada hacia mí.

–Manuel –me quejo al instante.

Yo estaba tumbado en una especie de camilla. Ella sigue con la bata japonesa, pero ha perdido la redecilla y solo unos pocos rulos cuelgan aún de algún mechón desordenado. Me agarra la cara y me obliga a mirarla.

–Escúchame. No tenemos tiempo –insiste al ver que me cuesta prestar atención.

–¿Qué ha pasado, Sofía? ¿Qué era ese perro?

Estaba en una ambulancia. El pitido constante venía de una máquina que indicaba mis pulsaciones. Eso lo explicaba todo. Toda esta historia tan extraña debía de ser un efecto de la morfina. No sabía que me había pasado, pero me dolía el pecho y me ardían los pulmones.

–No hay tiempo para explicártelo todo. Nada de lo que veas a partir de ahora es cierto ¿vale? No confíes en nada ni en nadie. Voy a sacarte de ahí, lo prometo, pero no dejes que te atrape.

–¿Atraparme? ¿El cachorro? –me sentía demasiado cansado como para asustarme siquiera por su tono de alarma.

–Lorenzo. Lorenzo, atiende. Ahora está en tu cabeza. Conoce tus pensamientos y tus recuerdos. Te está buscando, pero no dejes que te encuentre ¿vale? Yo me encargaré de él. Fíjate en los detalles, en todos los detalles. Nada es real. No tengas miedo. Tu miedo te hace visible y si te encuentra estás muerto.

–¿Qué eres tú? ¿Por qué haces explotar perros? –Empezaba a darme igual la pesadilla. No me importaba la ambulancia, el dolor o las amenazas de muerte de mi prometida. Solo quería dormir. Mi mente se perdía en el reflejo de un hombre sin rostro y una recepcionista de ojos azules, brillantes como luces de navidad.

–Lorenzo, voy a encargarme de todo, pero hasta entonces, por favor, sobrevive.

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La boda II

Este es el segundo fragmento de una historia que ya publiqué. Para leer la primera parte sigue este enlace.

Por cierto, odio poner títulos. Se me da fatal. ¿Alguna idea de cómo podríamos llamar a esta obra? Se aceptan gustosamente sugerencias.

Comencemos.


No soy el único que la está escuchando. Una de esas criaturas, pesanta o lo que quiera que sea, está descendiendo por la pared hacia su voz. Está a menos de cinco metros de mí, así que puedo verlo con más claridad. Parece un perro de extremidades fuertes y alargadas, casi antropomorfas, pero su mirada y movimientos son felinos. No puedo apartar mis ojos de él, esperando a que desaparezca para poder convencerme de nuevo de que no es real. No puede serlo. Los perros no trepan por las paredes de piedra como si fueran arañas o lagartijas. Sofía sigue gritando a su madre, pero ya no la estoy escuchando. Camino lentamente hacia atrás, tanteando con la mano hasta encontrar el mango de la puerta. Contengo la respiración cuando el ser llega a la altura de la terraza en la que me encuentro. No soy capaz de mover un solo músculo. Parece que no me ha visto. Pasa de largo y sigue bajando. Solo me permito soltar todo el aire que había contenido en mis pulmones por miedo a que lo escuchara cuando ya no se ve ni un solo centímetro de la criatura.

Me doy la vuelta y abro la puerta con decisión. Mi teléfono vuelve a sonar congelándome en el sitio. Cuelgo rápidamente la llamada de mi padre y el teléfono cae por tercera vez al suelo. Sofía se calla de repente. Hasta el viento parece guardar silencio. O es que el latido estridente de la sangre en mis sienes no me permite escuchar nada más. Miro por encima de mi hombro, esperando ver aparecer los ojos luminosos de ese ser de pesadilla. Veo el jardín, con todas sus flores y lazos, y, muy al fondo, en el aparcamiento, el BMW de mi padre. De alguna manera se me hace extraño que algo tan familiar aparezca en mi campo de visión, como si fuera eso y no lo demás, lo que está fuera de lugar. Solo vuelvo a reaccionar, cuando de un salto aparece la criatura sobre la barandilla del balcón, mirándome, con sus pupilas alargadas dilatándose.

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Corro. Me olvido de mi padre, del teléfono, de Sofía y de todo lo que no sea mi propia vida. Entro en mi habitación y abro la puerta que da al pasillo. Noto un empujón en mi espalda que me hace caer y golpearme la cabeza con el suelo. Siento un peso enorme sobre mí y podría jurar que se van a romper mis costillas. No puedo respirar. Quiero gritar, pero no tengo aire para hacerlo. Mi visión se vuelve borrosa y mi cabeza empieza a palpitar, anulando cualquier pensamiento. Lo último que percibo es el tacto de las hebras de la moqueta en las yemas de mis dedos.

Vuelvo a escuchar el sonido de mi teléfono. Empiezo a odiar esa melodía irritante. Estoy en la habitación anudándome la corbata. Los fotógrafos siguen en el jardín y no hay rastro de monstruos por ningún lado. Sacudo mi cabeza sin saber muy bien de dónde ha venido la pesadilla del perro de ojos brillantes y cojo la llamada sin molestarme en mirar quien es.

–¿Hola? –pregunto distraído abriendo la ventana. Me duele la cabeza y me preocupa que haya algún gas en la habitación que me esté provocando alucinaciones.

–Hijo, acabo de aparcar –responde la voz de mi padre. Puedo escuchar como apaga el motor y abre la puerta del coche. Me asomo por la ventana y le veo salir del coche en el aparcamiento, al otro lado del jardín. Me invade una sensación enorme de alivio.

–Menos mal, papá. Pensé que no llegarías a tiempo. Gracias, de verdad. Muchas gracias.

–Todos hacemos tonterías el día de nuestra boda. Asegúrate de que Sofía no lo descubra nunca o te meterás en un lío.

–Tranquilo, guardaré el secreto.

–Por tu bien. ¿Dónde estás?

–En una habitación del segundo piso. Te estoy viendo desde aquí. Ve hacia el edificio grande, voy a buscarte a recepción.

Me despido de mi padre y cuelgo. Me miro una vez más en el espejo. Estoy pálido y tengo la frente perlada de sudor. Me lo seco con la mano y me froto la cara intentando despejarme. ¿Qué me está pasando? Tendré que hablar con recepción para revisen posibles fugas de gas. Dudo mucho que me haya quedado dormido de pie. Con lo viejo que es este edificio, no es raro que pueda pasar algo así.

Salgo de mi habitación hasta la recepción. Mi padre no ha llegado todavía. Un hombre habla con la recepcionista en este momento, así que espero. Tiene un perro atado a una correa. Uno de esos de los anuncios de papel higiénico pero en negro. Parece aún muy joven y se mueve de forma juguetona. Siempre me han gustado los perros, así que me cuesta resistirme cuando se pone a dos patas y se apoya en mi pierna.

–¡Ey, chico! Me vas a llenar de pelos

Me agacho a hacerle una caricia en la cabeza. Da un saltito para alcanzar mi mano impaciente por recibirla. Le premio con cariño. Rasco sus orejas a dos manos. Me encanta como entrecierra los ojos con placer.

–Eres una monada.

Me levanto y él se sienta. Abre los ojos y entonces me vuelve la rigidez a las manos. Sus pupilas son alargadas como las de un gato. Doy un paso hacia atrás, conteniéndome para no llamar la atención

–¡Cuidado! Casi te chocas conmigo –se queja mi padre a mi espalda.

–Perdón –Miro al cachorro. Sus ojos negros y redondos parecen normales y me mira con curiosidad por mi reacción.

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